VIDA EN SEPIA
Vivía al costado de los rieles del tren. Eso tenía muchas dificultades y una sola ventaja; no necesitaba mirar el reloj para saber cuando eran las 11 del día. Él era no muy alto, no muy guapo y no muy amable, digamos que un tipo común. Tenía la mirada amargada y el gesto perenne de un ser acostumbrado a no tener suerte.
Una mañana, nuestro personaje sin nombre, salió de su casa peleado con la vida y listo para no querer hacer nada, cuando de pronto una idea de felicidad pasó frente a él.
Un plan. Su plan. EL PLAN.
Iba a acabar con toda su desdicha de una y sin rodeos. Iba a demostrarse valiente, eficaz y aguerrido. Iba a hacerlo y era tan extrañamente feliz que hubiera deseado que la sola idea del plan durara para siempre.
Regresó a su casa, le importo poco el trabajo que ya casi no tenía, y se sentó en el sillón rojo heredado de su madre – lo unico que le dejó aparte de buenos recuerdos.
Papel y lápiz; tachones, hojas en el piso, horas, minutos, un par de segundos y un plan listo. Esa noche durmió queriendo no soñar para no pensar en otra cosa.
Abrió los ojos, sintió emoción. Era SU día, todos lo verían, lo recordarían. Como nunca se peinó, se puso su mejor traje, dió al espejo su mejor ángulo y se miró como despidiéndose de sí mismo. Salió a la calle, miró a la gente y sonrió porque sabía algo que nadie sabía.
Él y su tren vecino iban a acabar de una con su desdicha, esta vez lo haría bien. Avanzó sin titubear, orgulloso y de pronto escucho un ruido familiar, dieron las 11.
Se le fue el tren.





